LO NUEVO, ENTRE EL PASADO Y EL FUTUROLa transmisión de la tradición intacta tiene preeminencia sobre la innovación o se apela a principios que, independientes del tiempo, se postulan como verdades constantes. Lo nuevo empieza a ser una exigencia cuando los valores antiguos se archivan y se los proteje del paso destructor del tiempo. En la antigüedad clásica y en la Edad Media europea, la orientación hacia lo nuevo fue condenada: se veía en ella una concesión al poder del tiempo, que alejaba de los modelos recibidos por las tradiciones orales o escritas. Lo nuevo fue considerado deformación.
El pensamiento moderno parte del supuesto de que la verdad se manifiesta más allá de la tradición: se manifiesta en la realidad, y lo hace como sentido, esencia, ser. Se va revelando en el transcurso temporal y en cuanto se la ha desvelado, la verdad queda sujeta a su perpetua conservación para el futuro; razón por la cual en la modernidad el futuro está diseñado como algo armónico, inmutable y sometido a una única verdad. El utopismo de la modernidad es, a su manera, un conservadurismo del futuro. La orientación hacia una verdad que se revela en el tiempo hace incluso más radical la pretensión de esa verdad a ser anterior al tiempo, originaria. Esa comprensión moderna de la verdad se encuentra ya en Platón: el alma recuerda la verdad, que ya existe como tal antes del origen del alma. La filosofía y el arte de la modernidad aspiraron a algo que no pueda ser relativizado por el paso del tiempo. La comprensión de lo nuevo como algo que tiene antecedencia sobre cada época histórica y la exigencia de una verdad más originaria que todos los errores que la han sucedido, son dos tópicos que no se han modificado en la época moderna. El pensamiento y el arte de la época moderna están preparados para situarse en contraposición al pasado: así al futuro se lo considera como una pura continuación del presente.
La utopía romántica es una utopía del movimiento y de la peculiaridad, que se nos presenta una y otra vez, fuera de los archivos culturales. Y como tal, no se diferencia de la clásica utopía de la verdad eterna. Está presente en los discursos de corrientes filosóficas seguidoras de Hegel. Todas ellas producen discursos donde no se remite al carácter oculto o a la diferencia del “ser” o del “otro”, lo que permite a las corrientes filosóficas continuar indefinidamente la conversación acerca de ese “otro” oculto. Si el objeto de discurso se escurre continuamente, el discurso mismo es infinito: y la infinitud de las interpretaciones conduce más allá de cualquier presente histórico y más allá del futuro. Lo otro, al que se responsabiliza del cambio histórico, hace referencia a algo que está fuera de la cultura; no lo controla y por eso resulta dominada por ello. En la medida en que al tiempo se le adscribe una realidad aparte de la cultura y la capacidad de manejar a la cultura, los discurso se definen a si mismos como determinantes del futuro y se consideran inmunes al cambio histórico, que tiene lugar en el tiempo.
Las jerarquías de valor no se modifican automáticamente a través de su cambio en el tiempo; lo que ocurre es que, durante su trato con los valores, al acontecer temporal se lo emplea positiva o negativamente, desde la perspectiva supratemporal de los archivos de la cultura y desde las comparaciones que éstos hacen posible. Para Newton, un cuerpo, librado a sí mismo, se mueve uniformemente y en línea recta. Si se altera su dirección o velocidad, eso significa que algo exterior ha influido en él. Del mismo modo, se supone, en relación a la cultura, que mientras ésta se mueva por sí misma, continuará indolentemente la tradición en vigor. Si el hombre no estuviera “ vivo’’, esto es, si no fuera “ lo otro’’ en relación a cualquier cultura “ muerta’’, no se distinguiría, según esa idea, de una máquina que trabajara siempre según un único programa, hasta que dejara de funcionar. De esta idea de la cultura como la suma de un patrón inmodificable y su estereotipada reproducción nacen las apelaciones a Dios, al saber, a la vida o a la
diferencia, que en cierta medida reprogramarían ocultamente la cultura; y de esa manera, originarían lo nuevo. Según eso, el origen de lo nuevo sólo puede consistir en el olvido de la tradición cultural y en la renuncia a la suma de sus prejuicios, sus convenciones muertas y sus formas supervivientes- o en la promulgación de lo otro en sí. De aquí proviene también el escepticismo postmoderno acerca de si en una cultura como la nuestra, mecánica hasta el extremo, lo nuevo sigue siendo posible en absoluto.
Lo nuevo es, más bien, lo que muestra, hace más accesible, visible y comprensible a lo otro mismo, que es lo que actúa en la cultura. Por eso, las modernas teorías acerca de la naturaleza, el deseo o el inconsciente, que se ocupan de lo otro, o el arte, que pretende mostrarlo; son las que gozan hoy de mayor consideración. Pues si lo otro como tal no se da a conocer de algún modo en lo nuevo, lo nuevo se disuelve en la masa de lo otro y la historia se disuelve en un juego de diferencias. El mismo fantasma de lo otro, que antes, en la época moderna, sirvió como fuente de optimismo cultural, sirve ahora como fuente de pesimismo cultural. Por supuesto, estas tesis postestructuralistas o postmodernas sobre lo otro que siempre está ocultándose han seguido conservando su orientación hacia lo nuevo. Su novedad consiste, precisamente, en la idea de que lo otro se oculta y no permite ningún enunciado esencial acerca de sí mismo. "LO NUEVO SURGE COMO UNA ACTUALIZACIÓN DE LO QUE ERA EN UN PRINCIPIO; NO ES ALGO DISTINTO"